XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 21, 33-46
“Arrendará la viña a otros”

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero, los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero, los trataron de la misma manera. Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: ‘Respetarán a mi hijo’. Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: ‘Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia’. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?”. Le respondieron: “Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo”. Jesús agregó: “¿No han leído nunca en las Escrituras: ‘La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?’. Por eso, les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”.
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero, temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

“Un hombre plantó una viña”. Muchas son, según los autores, las interpretaciones que se pueden dar a esta palabra de la viña, pero Isaías ha explicado con toda claridad que la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel (5, 7). Y ¿quién sino Dios es el que ha creado esta viña? Él es, pues, quien la plantó y se marchó lejos; lo cual no significa que pueda irse de su sitio este Señor que siempre está presente en todas partes, sino que está de modo especial presente entre los que le aman y se ausenta de entre los que le olvidan…
Llegada la estación de los frutos envió a sus criados. Con mucho acierto ha usado esta expresión de “la estación de los frutos” y no el tiempo de su recolección, ya que los judíos no dieron ningún fruto, nada se recogió de esa viña de la que dijo el Señor: “Esperé que me diera uvas, pero me dio espinas” (Is 5, 2). Y así, no es el vino de la alegría ni el mosto del Espíritu lo que han derramado los prensadores, sino la roja sangre de los profetas…
Por eso, sucedió que, habiendo enviado a otros muchos, a quienes los judíos despidieron sin honor y en vacío y de los que no quisieron obtener provecho alguno, últimamente envió a su propio Hijo único, a quien esos pérfidos quisieron hacer perder la herencia, le dieron muerte de cruz y, renegando de Él, lo arrojaron fuera.
¡Qué cantidad y qué magnitud de hechos laten en tan pocas palabras! En primer lugar porque existe una bondad natural que, muchas veces, llega hasta a fiarse de los mismos indignos; después, porque, como último remedio a todos los males, vino Cristo, y entonces el que reniega del heredero, no puede esperar en el Padre. Pero, Cristo es al mismo tiempo heredero y testador: heredero porque sobrevivió a su propia muerte, y para nuestro bien, recogió, por así decirlo, los beneficios y la herencia de los dos Testamentos que El mismo había creado.
Con toda justicia, por tanto, les pregunta; pretendiendo con ello que su propia respuesta les sirva de condenación. Y continúa diciendo que el Señor de la viña va a venir porque la majestad del Padre reside también y en el mismo grado en el Hijo, o porque en los últimos tiempos su presencia se hará sentir más en los corazones de los hombres. Así, ellos mismos pronunciarán su propia sentencia condenatoria, es decir, perecerán los malos y la viña pasará a manos de otros colonos. Consideremos ahora quiénes son estos colonos, y quién es esta viña.
La viña es una figura de cada uno de nosotros, del pueblo de Dios, enraizado en el tronco de la viña eterna (cf. Jn 15, 1-6)… El que cuida la viña es el Padre omnipotente, la vid es Cristo y nosotros los sarmientos, que, si no producimos fruto en Cristo, seremos arrancados por la guadaña del eterno viñador…
(San Ambrosio, Obras, BAC)
